El otro día vi un video muy interesante. Un hombre y una mujer hablando en un restaurante de paso bien típico de película estadounidense donde alguien grita ¨Dos huevos fritos con jamón y un café, por favor¨. Ella lo está dejando. Él se arranca el corazón y se lo da: ¨ya no lo voy a necesitar, es tuyo¨. Y aunque ella infructuosamente intenta devolvérselo, él le explica que a partir de ese momento, ese corazón ya no es más de él y que nunca más va a tener una relación buena con nadie. Que siempre comparará a las próximas mujeres con ella y que nada va a ser bueno de nuevo. Y ella lo acepta al verse ante tremenda confesión.
Últimamente no puedo quejarme de nada. La vida finalmente me sonríe. Después de toda una vida de andar de aquí para allá, de pasar por este o aquel tipo, encontré a alguien para compartir mis buenos y malos ratos. Y es entonces, es ahora, que me doy cuenta que… ¡Gustavo tenía razón! Gustavo es mi amiga y mi hombre de confianza. Literalmente. Él es mi mejor amiga (mote que estoy segura no le debe gustar mucho) y peor enemigo. Amiga porque la vida lo llevó a tener que aguantarme como cualquier amigona que nos aguanta desde hace años y peor enemigo porque la vida lo llevó a tener que decirme cosas que sólo un hombre puede decir. Parece un cliché, pero por más masculina que una mujer sea (mental o físicamente, no importa), no conseguimos tener ese grado de lucidez y ese gramito de pensamiento lógico que deberíamos tener a veces. ¨Ayer no me llamó, debe haber perdido mi teléfono, el celular se quedó sin batería, ¡lo abdujo un ovni!¨. Todo es creíble cuando somos las abandonadas. Todo es viable y tenemos doscientas cincuenta y cuatro excusas para explicar (nos) por qué el teléfono no sonó. ¿Bobas? No, mujeres. Paso a ilustrar estas líneas:
Años atrás estaba en el limbo de las mujeres enamoradas (u obsesionadas. Llega un punto en el que una no consigue diferenciar una cosa de la otra). Todo lo que le pasaba a él tenía que ver conmigo: ¨se desconectó del Messenger porque vio que yo entré¨, ¨me llamó no por qué me quedé con su cd preferido y nunca se lo devolví, ¡me llamó porque quiere verme! Ahí entra Gustavo: ¨se desconectó porque sí, mirá si va a estar viendo cuándo te conectás vos o no, ¿qué parte no entendés cuando te digo que NO LE IMPORTÁS?¨, ¨te llamó porque le secuestraste el cd, ¿por qué no TE hacés un favor y se lo devolvés por correo?¨. Claro que una siempre escucha lo que quiere. Cosas como ¨no le importás¨ se transforman automáticamente en ¨todavía no sabe que le importo¨ y ¨devolvéselo por correo¨ pasa a ser ¨obvio que queda mal mandárselo por correo, se lo doy en la mano, como cualquier persona normal haría¨.
El problema es que cualquier persona normal nunca hubiera secuestrado un cd en primer lugar. Pero eso sólo lo ves cuando pasaste por el proceso de abrazarte a la almohada en posición fetal y pensaste que te iban a encontrar dos días después muerta, asfixiada por una catarata de mocos que taparon tu nariz de tanto llorar. O lo ves cuando después de un tiempo, mucho o poco no importa, cuando tu corazoncito ya necesita un trasplante de tantos plantones y desencuentros misteriosos, llamadas nunca recibidas, e- mails nunca enviados y noches esporádicas que te dejan el gustito amargo de no sentirte satisfecha con eso que se te ofrece. ¨Ya no necesitarás esto¨ le decía a Bart Simpson la vecina de la cual él se había enamorado, mientras en su imaginación ella le arrancaba el corazón y se lo mostraba.
¿Será que siempre vamos a necesitar a alguien que nos arranque el corazón para darnos cuenta de las cosas? ¿O llegará el día en cual cansados de tantos ataques cardíacos emocionales nos vamos a arrancar el corazón como el hombre del video y olvidarnos de que es posible encontrar a ese otro que buscamos?
SOLÁ, Juan: Mierda
Hace 3 días

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