jueves, 13 de noviembre de 2008

Dos son compañía, tres es multitud.

Laura y yo pasamos por dos relaciones en las que una tercera persona apareció y sólo lo supimos cuando nosotras terminamos siendo la tercera persona, la que estaba de más.
Hacía casi dos años que yo estaba de novia con Cristian. Era una relación a distancia; yo vivía en Buenos Aires y él en Córdoba. 1200 kilómetros nos separaban, ocho horas de ómnibus y un acento diferente. Debería haber recordado la ley argentina: porteños y cordobeses no se juntan. Pero yo siempre fui una persona convencida que era una cuestión de prejuicios provinciales. Dos años después de conocerlo, supe que no. O por lo menos porteños con mi nombre y cordobeses con el nombre de Cristian no se juntan. Nos habíamos conocido en un viaje que hice para el pueblo de mi primo. El grupo se conformaba de la siguiente manera: primo nativo del lugar y novia (ahora esposa), primo en común y yo. Allí fuimos los cuatro a pasar unas dos semanas en esa ciudad con aire de pueblo. Sólo que en mi caso, por un problema de pasajes, terminé quedándome más días sola con mi tía y los primos de mi primo. Y entre ellos, estaba él. Todavía no sé qué fue que me gustó de él ni si me gustó algo. A la distancia, tengo buenos recuerdos pero ninguno apasionado. Lo que me lleva a la conclusión de que lo mío fue practicidad y ganas de estar con alguien. Y tuve mi pequeño castigo.
Yo supe desde el comienzo que no íbamos a ningún lado. Yo quería terminar el profesorado, continuar viajando, seguir estudiando después de viajar y juntarme con un compañero que me acompañase en mis viajes y en mis estudios y acompañarlo en los proyectos que él tuviera. En mi mente, era lógico y seguro que iba a encontrar a alguien así. Y si no lo encontraba, lo iba a transformar, porque en definitiva ¿yo no era la mujer maravillosa, moderna y aventurera que todo hombre quería? No era celosa, no llamaba por teléfono a cada rato, tenía mis amigos, tenía mis momentos a solas… ¿qué más iba a querer un hombre? Exactamente todo lo contrario. Aparentemente él quería una esposa, una madre y un ama de casa. La manera de enterarme de todo eso, no fue la mejor. Yo trabajaba en un call center estadounidense de las 9 a las 15 horas y así que llegaba lo primero que tenía que hacer era abrir mis e-mails. Las empresas estadounidenses aman mandar mil doscientos correos electrónicos informándote de los últimos lanzamientos de la compañía, lanzamientos que nunca vas a poder disfrutar porque el dólar está altísimo y el único motivo de estar trabajando ahí es porque sos mano de obra barata y fluente en inglés. Siempre tenía un mail Cristian contándome sobre sus últimas actividades en el correo de mi trabajo. Y ahí estaba el mail de siempre. Sólo que el contenido comenzaba diferente. ¨Estuve pensando en tomarnos un tiempo para ver qué sentimos. Estar un poco solos¨. ¿Tomarnos un tiempo? ¿Cuánto, por qué, de qué habla, será que el mail era para mí, qué pasó? Una catarata de preguntas me atacaron en menos de cinco segundos e imágenes de una vida juntos y viajes por Argentina en auto con nuestros niños se desvanecían como cuando se quema una foto. Debo aclarar que antes de ese mail NUNCA JAMÁS había tenido esas imágenes. En casi dos años de noviazgo, nunca pensé que él podría ser ese compañero que quería a mi lado. Pero el sacudón de ser la dejada me hizo apretar el botón que decía ¨solterona forever and ever¨. Y el orgullo se hizo presente: ¨Gracias por mandarme un mail al trabajo, podrías haberme llamado en vez de hacerme pasar por este momento. Si vos tenés dudas de tus sentimientos, es problema tuyo. Yo tengo bien claro lo que siento por vos y lo que quiero¨. Pensé que la rabia iba a dar resultado. Y dio… por un mail más en el que él respondió que lo disculpara, que él no sabía que yo lo quería tanto (¡ni yo sabía!) y que hablábamos después. Viendo que el contraataque había funcionado, me preparaba para uno telefónico. En mi mente, si le decía lo que él quería oír (que yo también quería casarme, tener hijos y ser ama de casa en su ciudad natal), todo se resolvería y el botón de ¨solterona forever and ever¨ desaparecería de mi mente. Ahora sé que si ese botón hubiera desaparecido, otro de ¨infeliz forever and ever¨ iba a aparecer. Pero en ese momento, sólo me veía sola en las próximas Navidades y Años Nuevos con toda mi familia preguntando cuándo iba a presentar un novio (de pedirme que me case ya habrían desistido) y viendo como todos mis primos menores y mayores se casaban y eran felices comiendo perdices. Lo gracioso es que en ningún momento me planteé el hecho de que todo giraba en torno a lo que el resto iba a decir. En ningún momento pensé en mí. O en él.
Y en esa nube de pensamientos incoherentes y bodas nunca realizadas, me preparaba para la llamada telefónica que salvaría nuestra relación…lástima que yo ya era la tercera persona, la que estaba de más y no lo sabía.

No hay comentarios:

Publicar un comentario