Soy profesora de inglés y de español en una escuela de lenguas. Doy clases para distintos niveles y edades; los grupos van desde los 5 años hasta adultos.
Hace dos días una pequeña situación me mostró que las mujeres somos mujeres desde que somos niñas. Inclusive siendo niñas pequeñas, tenemos vicios de mujeres grandes. Contextualización: la clase de inglés de la cual soy profesora se compone de dos nenes y dos nenas de 7 y 8 años. Los nenes desde el día que empezaron las clases se llevan de maravillas. Ahora los otros dos proyectos de arpías, parecen mi cuerpo y yo: nunca llegamos a un acuerdo. El único momento en el que concuerdan, es en el momento en el que atacan a los otros dos pobres individuos. O para criticar a alguien. O a algo.
El otro día estábamos sentados en el suelo las dos niñas, uno de los niños y yo practicando algoritmos en inglés. Una pequeña cuervita hacía comentarios sobre la pobre performance matemática que estaba teniendo la otra frente a una cuenta de multiplicar. En clases anterior, la cuervita dos hacía comentarios sobre los problemas lingüísticos de la criticona actual. Por más que yo interviniera con frases Madre Teresa del tipo ¨respetemos nuestros tiempos¨, nunca consigo que dejen de rumiar o suspirar alto. Conclusión: llanto de una, reto de mi parte, llanto de la otra. Y el sector masculino que ese día estaba en desventaja porque había faltado uno, arrastrándose de colita para atrás, se alejaba disimuladamente del círculo de lágrimas que se había transformado nuestra ronda y con cara de ¨tierra, tragame¨ o ¨¿en qué momento esto se volvió un reality show de cuarta?¨ me miraba con media sonrisa. Sólo pude comenzar a reír y decirle: ¨Bernardo, no huyas¨.
Esa fue una de las mejores muestras de cómo somos las mujeres. Somos malas y criticonas unas con otras. No importa cuánto nos queramos alejar de ese estereotipo de histéricas. Siempre aparece una veta que deja escapar la realidad. Somos competitivas entre nosotras, queremos ser la más inteligente, la más linda, la más independiente, la diferente. ¿Por qué no ser una sin comparaciones? Como dirían Bart y Lisa Simpson en un capítulo que los padres les preguntan cómo ser buena onda. Cansada de diferentes intentos de agradarle a sus hijos, la madre les dice: ¨tal vez ser buena onda es no es importarte con que te digan que lo eres. Y que no te importe te hace buena onda¨. ¿Podría ser que si no nos importara lo que las demás piensan de nosotras o si nos dejaran de importar LAS OTRAS seríamos más felices y más ¨buena onda¨? Probablemente sí, y los Bernardos del mundo no huirían despavoridos sin entender por qué nos importa tanto ver si Giselle Bundche tiene estrías o si Angelina Jolie engordó con los dos embarazos que tuvo. O si, digamos, la ex de ellos era linda, fea, gorda, flaca o en el caso de conocerla, si engordó, si está sola, si tiene novio nuevo… El miércoles pasado un alumno mío de español del grupo de adultos dijo que no tenía blog o página de internet porque las mujeres son unas locas que utilizan la tecnología para hacer espionaje histórico. O sea, usamos Internet para saber de la ex o ¨exes¨ de nuestro muchacho. Las dos mujeres que estábamos ahí lo atacamos furiosamente diciendo que eso lo hacían algunas y que ese era prejuicio masculino y del más puro. Una hora y media después, le estaba mostrando a mi alumna la foto de la ex de mi muchacho que encontré en Internet…
¡Bernardo, no huyas!
SOLÁ, Juan: Mierda
Hace 3 días

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