jueves, 13 de noviembre de 2008

De carnavales y sapos

Mi amiga Laura tiene cuatro años menos que yo. Por algún motivo extraño, pasamos dos años de profesorado compartiendo la misma sala y las mismas materias sin hablarnos hasta que un día tuvimos que hacer un trabajo juntas y nunca más se fue de mi vida. Por suerte. Con ella pasamos viajes y amores frustrados, broncas y alegrías y muchos otros sentimientos contradictorios. Sabemos cuando tenemos que callarnos y sabemos cuándo nos tenemos que hablar. Nuestras peleas no pueden llamarse peleas sino pequeños desentendimientos. Y así fuimos pasando y sufriendo a nuestros príncipes que se transformaron en sapos o simples sapos que transformamos en príncipes.
El dato de que tiene cuatro años menos que yo no es un dato dado menor. Es un dato importante. Muchas veces la veo y me veo a mi misma exactos cuatro años atrás. Hace unos tres años atrás hicimos un viaje con la mochila en la espalda y la carpa bajo el brazo. Nos encontramos en el norte de Argentina, allá por la tierra de los diaguitas, unos de los pueblos originarios que más lucharon contra la conquista incaica de su territorio. Cuando el enemigo pasó a ser blanco y europeo, su fuerte espíritu guerrero fue acabado y casi desterrado de la faz de la tierra. Allí fuimos las dos para el carnaval que se celebra en febrero pero el espíritu guerrero de Laura estaba de vacaciones también. La costumbre del carnaval es la siguiente: unas personas con el rostro cubierto disfrazadas de diablos bajan de los cerros y durante una semana están posibilitados a cometer ¨diabluras¨. La gente bebe y baila durante una semana entera. Fuimos de pueblo en pueblo, conociendo diferentes personas y diferentes lugares. Y en el medio, el diablo metió la cola nomás. Mi amiga conoció, a falta de uno, DOS príncipes que se transformaron en sapos verdes y gordos. Vamos al primero: Fabián. Muchacho simpático y hippón como mi amiga, con una onda ¨don´t worry, be happy¨ y un cigarro verde con olor dulzón. Tan bien me cayó este chico a mi también, que me aguanté tener que quedarme fuera de la carpa algunas noches esperando que alguno de los dos recordara que no tenía dónde ir y que la llovizna que caía sobre mi pelo lleno de talco (costumbre carnavalezca que aún no entiendo), se iba a transformar en una masacote blanco futuro hogar de bichos varios. Pero claro: yo me olvido que mi percepción masculina nunca funcionó. Y ese que ocupó mi lugar en la carpa algunas noches era un sapo más que no merecía mi paciencia ni espera. Resumiendo: el verano acabó y algo estaba preocupando a Laura. La visita mensual todavía no había llegado y la fecha ya había pasado. ¿Sería que un Fabiancito estaría creciendo por ahí? Y ahí vino la conversación lógica de las dos: por qué sabiendo que hay que cuidarse una a veces no se cuida; que éramos dos personas educadas y que los accidentes pueden pasar pero eso no era bajo ningún concepto un accidente; que el embarazo no es lo peor que te puede pasar sino todo el resto y etc. etc. Pero la conclusión más estremecedora de una conversación así no es que te podés enfermar por una estupidez sino el hecho de que permitimos que eso pase. ¿Tan desesperadas por amor estamos que cuando nos ofrecen un momentito de cariño hacemos eso? ¿Por qué antes de pensar en esos minutos piel a piel con alguien no pensamos en nosotras? No es que quiero parecer una campaña de prevención contra enfermedades de transmisión sexual, pero realmente ¿hasta dónde somos capaces de llegar por sentirnos queridas o deseadas? Tenía ganas de matar a Laura, de decirle muchas cosas que una mamá diría porque pensaba en mí a esa edad. Pero no le dije nada. Yo también había comprado un test de embarazo con ella…

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